Todo es de todos. Esa parece la idea dominante en Internet. Ni siquiera los grandes idealistas y pensadores progresistas del siglo pasado hubieran podido imaginar que esto ocurriera. Los mismos que a día de hoy ponen (o intentan poner) puertas al campo. Para entenderlo quizá habrá que hacer un análisis progresivo del fenómeno que ha ocurrido desde que la Red ha penetrado en casa del ciudadano de a pie. Lo haré a continuación.
Fue de la mano de Telefónica cuando en torno a 1995 comenzó la universalización de la conexión a la red, mediante la infraestructura conocida como Infovía. Este sistema de conexión, basado en sistemas prehistóricos -aquellos modems chirriantes-, no alcanzaban una velocidad suficiente como para hacer algo más allá que leer correos electrónicos o consultar algunas incipientes páginas de diarios online y buscadores. Ya estábamos en la época del disco compacto, que previamente jubiló a las cintas de cassete, y que curiosamente, poseía un precio en su versión grabable superior a los originales de música. Esta paradoja anulaba cualquier intento de piratería.
Poco a poco, con las mejoras técnicas, avances en la liberalización de las telecomunicaciones, la aparición de las llamadas 'tarifas planas', el tránsito de información en la Red comenzó a arrancar lentamente. Todavía faltaba una innovación de tipo informático, que sucedería poco después, y era el desarrollo del formato MP3. En síntesis, este desarrollo posibilitaba que los diferentes archivos de sonido ocuparan la friolera de diez veces menos su tamaño original. Para colmo, el CD grabable baja de precio. La piratería comienza.
Más velocidad, medios de almacenamiento más barato, universalización de la red, y sobre todo, falta de legislación. La piratería se desarrolla. Quizá en una primera etapa sin un ánimo de lucro excesivo (el llamado consumo personal), pero progresivamente, mentes lúcidas (y pícaras) ven un nuevo modelo de negocio, aprovechando el cuasi vacío legal. Es en este punto donde aparecen las redes de piratería, que ya sobrepasan con claridad los vacíos legales.
Como freno, las partes afectadas responden (desde un punto de vista esencialmente económico) elevando el precio en cada uno de los estamentos del proceso creativo, para compensar las pérdidas millonarias (en contra de los beneficios millonarios), por medio de un diezmo, renombrado en tiempos actuales con la palabra ‘canon’.
De nuevo una vuelta de tuerca tecnológica da lugar a la creación del formato comprimido de vídeo (equivalente a mp3 pero para imágenes), con lo que esta piratería de consumo diario se dispara exponencialmente.
La clase política, poco espoleada por las empresas con pérdidas hasta este momento, reacciona, quizá tardíamente, con regulaciones cosméticas y salomónicas, que al final a día de hoy se han demostrado inconstitucionales, el canon. Sin embargo, cuando el problema crece hasta tocar el corazón del fabricante mundial de medios audiovisuales, la cosa cambia radicalmente, dando lugar a la Ley Sinde.
¿Y quién tiene razón en esta situación? ¿El público de a pie que se niega a pagar el sobreprecio causado por la piratería? ¿Todos los productos a la venta deberían tener el mismo precio, independientemente de la calidad, como ocurre en la actualidad en muchos casos?
Quizá la solución sea un término medio, un restablecimiento de las condiciones en las que la piratería no se daba, es decir, hacer sentir y ver que debe existir una opción asequible en precio, y más en los tiempos de vorágine económica que corren. Una prueba de ello es el exitoso producto Spotify a nivel global, soportado económicamente por publicidad y con un modelo de suscripción mensual, con un pago no especialmente elevado. También existe el mismo modelo en el sector audiovisual (aunque en Europa todavía no ha desembarcado) como Hulu o Netflix.
Quizá este modelo, que no genera tantas ganancias -o más bien las reparte entre los diferentes eslabones de la cadena productiva- no sea de gusto de los grandes inversores y productores, que verían mermados sus ingresos, en pos de elevarlo a los pequeños creadores, que partirían en iguales condiciones en un mercado donde, tal y como funciona en la actualidad, sólo el dinero es capaz de generar dinero, independientemente de la valía artística, algo éticamente incorrecto, pero tristemente único motor del arte audiovisual de masas actual.
Álvaro Luis Maroto Conde
DERECHOS AUTOR VS. LIBERTAD EN LA RED
Este blog contiene algunos artículos de opinión redactados en marzo de 2011 por alumnos del Master en Cinematografía de la Universidad de Córdoba (España). Es un sencillo ejercicio escolar pero sin duda en el intenso debate social sobre el conflicto entre la protección de los derechos de autor y la libertad en la red, estos escritos contienen opiniones y razones que deberían ser tenidos en cuenta. Al menos tanto como otras opiniones publicadas y sin duda con menos calidad y fundamento.
viernes, 24 de junio de 2011
Sin-de, de decepción.
El séptimo mandamiento lo decía, coger pan al panadero y no pagarle, es robar, pero, el concepto robo hoy día es confuso. Que tu banco exprima tu nómina hasta el último céntimo, pagándole el triple de lo que te dejó, no es robar. Que tu banco financie a empresas que fabrican armamento no es doble delito, robo y cómplice de asesinato; tu dinero colabora en la fabricación de tanques y armamento que matará a soldados y civiles; es un negocio seguro, la empresa cobra y el banco cobra. No hay pecado.
Con la cultura la cosa cambia, el arte no genera tantos beneficios, como otras industrias, se ha apelado a la ética del consumidor para que no realice descargas, ¡pero qué narices! Esto es España y si te puedes llevar la toalla y los geles del hotel te los llevas, que no los pongan, ¡más roban los bancos y no es delito!
Si el cine y la música españoles generaran tantos beneficios como las constructoras o la banca ya no existiría piratería. Pero seamos realistas, el cine, la música, son artes, actividades nada rentables si se comparan con las anteriores. Y es poco rentable incluso para el productor: “Producir, que no dirigir, cine es la forma más diplomática de perder dinero” Bigas Luna.
Gracias al ciberespacio podemos consumir, desde casa, más cine y más música que nunca, esto es bueno para el consumidor y para la empresa que nos abastece de energía eléctrica, para la empresa que nos vende ordenadores, proyectores, sistemas sound room y para la web que nos permite hacer la descarga
¿Quién recibe daño? el creador, la industria audiovisual.
Y para regularizar este consumo ¿es necesario cerrar las webs que incluyan estos contenidos? Lo lícito sería cerrar la web y el resto de empresas que permiten la descarga y se lucran con ello, o mejor aún, no cerrar ninguna y pagar a cada creador por cada descarga.
¿Quién debería pagar? El usuario, la web habilitada para descargas, las empresas a las que compramos los elementos para un buen disfrute audiovisual, las empresas que nos facilitan el acceso a internet con un adsl, en definitiva todas las empresas que hoy día se benefician del trabajo audiovisual de los creadores.
¿Alguien cree que coca cola cerraría sus fábricas hoy día? Generan miles de millones de euros al año. Pero el gobierno ha optado por cerrar webs que contengan contenidos que atenten contra…. ¡que decepción! Sí se facilitase el acceso, disfrutar de buen cine y buena música sería habitual en nuestro día a día, a la vez se realizaría un comercio audiovisual justo y de calidad, habría una producción mayor y más variada, porque es otro tema, pero habría que considerar ¿dónde están los Picasso y Miró del cine?, cinematográficamente en cuanto a géneros y estilos seguimos en el Barroco, salvo escasas excepciones. Pero como antes decíamos, no es tan rentable como otras industrias y por otro lado disfrutar de cine, música, teatro, o cualquier arte plástica o escénica, requiere de un público con una formación académica y una cultura general que en este país cada vez se ansía menos… ¡ Que decepción! nuestra cultura general hoy día es Zapatero, gran hermano, la feria, Facebook, el botellón, Lady Gaga, Zara, la crisis, ¡menudo coctel!.
En definitiva, es necesario tomar medidas para acabar con el descarado robo audiovisual al que se ve sometida la industria y que tantas pérdidas está generando, pero no sólo ha de pagar un colectivo de ciudadanos a los que llaman cibernautas, sino consensuar los gastos y beneficios que generarían un correcto uso del consumidor y facilitar el acceso al producto audiovisual, pagado por usuarios y empresas que se lucran con el hecho. Sólo habría ganancias para todos, creadores, industria cinematográfica y el resto de empresas, por otro lado las salas de cine recibirían a los mismos asiduos que no cambian el salón de casa por la gran pantalla. La ley Sinde no ha sabido acercar posturas y se ha ganado la enemistad de ambos sectores, por ello no se puede considerar un acierto total.
Como ciudadana me gustaría saber ¿por qué el gobierno no ha tratado con tanta urgencia temas más graves? como la muerte de mujeres a mano de sus parejas, los continuos abusos y muertes de menores, los asesinatos realizados por menores y un largo etcétera nada agradable de redactar , pero da la impresión que pese a las protestas realizadas en la ceremonia de entrega de premios Goya en 2011, esta Ley Sinde trata de ser una cortina de humo que suavice el trato con el que se pueden tratar temas tan alarmantes como los anteriores o todos los agravios sociales que llevamos soportados, congelación de pensiones, recortes salariales, etc. Quizá tenga que ver que el cine no interesa a casi nadie. Y los cibernautas, como los llaman, son aún menos importantes y numerosos que los ciudadanos en paro, los afectados por los recortes de la crisis, la ciudadanía en general, la ministra como buena guionista lo ha de saber, la trama principal absorbe a las secundarias que seguirán floreciendo a lo largo del argumento. Pues bien, ahora tocaba destacar como trama principal la penalización de descargas y acallar las demás tramas que han pasado al menos por unos días a segundo plano.¡ Que decepción!
.Rosa Polonio
Con la cultura la cosa cambia, el arte no genera tantos beneficios, como otras industrias, se ha apelado a la ética del consumidor para que no realice descargas, ¡pero qué narices! Esto es España y si te puedes llevar la toalla y los geles del hotel te los llevas, que no los pongan, ¡más roban los bancos y no es delito!
Si el cine y la música españoles generaran tantos beneficios como las constructoras o la banca ya no existiría piratería. Pero seamos realistas, el cine, la música, son artes, actividades nada rentables si se comparan con las anteriores. Y es poco rentable incluso para el productor: “Producir, que no dirigir, cine es la forma más diplomática de perder dinero” Bigas Luna.
Gracias al ciberespacio podemos consumir, desde casa, más cine y más música que nunca, esto es bueno para el consumidor y para la empresa que nos abastece de energía eléctrica, para la empresa que nos vende ordenadores, proyectores, sistemas sound room y para la web que nos permite hacer la descarga
¿Quién recibe daño? el creador, la industria audiovisual.
Y para regularizar este consumo ¿es necesario cerrar las webs que incluyan estos contenidos? Lo lícito sería cerrar la web y el resto de empresas que permiten la descarga y se lucran con ello, o mejor aún, no cerrar ninguna y pagar a cada creador por cada descarga.
¿Quién debería pagar? El usuario, la web habilitada para descargas, las empresas a las que compramos los elementos para un buen disfrute audiovisual, las empresas que nos facilitan el acceso a internet con un adsl, en definitiva todas las empresas que hoy día se benefician del trabajo audiovisual de los creadores.
¿Alguien cree que coca cola cerraría sus fábricas hoy día? Generan miles de millones de euros al año. Pero el gobierno ha optado por cerrar webs que contengan contenidos que atenten contra…. ¡que decepción! Sí se facilitase el acceso, disfrutar de buen cine y buena música sería habitual en nuestro día a día, a la vez se realizaría un comercio audiovisual justo y de calidad, habría una producción mayor y más variada, porque es otro tema, pero habría que considerar ¿dónde están los Picasso y Miró del cine?, cinematográficamente en cuanto a géneros y estilos seguimos en el Barroco, salvo escasas excepciones. Pero como antes decíamos, no es tan rentable como otras industrias y por otro lado disfrutar de cine, música, teatro, o cualquier arte plástica o escénica, requiere de un público con una formación académica y una cultura general que en este país cada vez se ansía menos… ¡ Que decepción! nuestra cultura general hoy día es Zapatero, gran hermano, la feria, Facebook, el botellón, Lady Gaga, Zara, la crisis, ¡menudo coctel!.
En definitiva, es necesario tomar medidas para acabar con el descarado robo audiovisual al que se ve sometida la industria y que tantas pérdidas está generando, pero no sólo ha de pagar un colectivo de ciudadanos a los que llaman cibernautas, sino consensuar los gastos y beneficios que generarían un correcto uso del consumidor y facilitar el acceso al producto audiovisual, pagado por usuarios y empresas que se lucran con el hecho. Sólo habría ganancias para todos, creadores, industria cinematográfica y el resto de empresas, por otro lado las salas de cine recibirían a los mismos asiduos que no cambian el salón de casa por la gran pantalla. La ley Sinde no ha sabido acercar posturas y se ha ganado la enemistad de ambos sectores, por ello no se puede considerar un acierto total.
Como ciudadana me gustaría saber ¿por qué el gobierno no ha tratado con tanta urgencia temas más graves? como la muerte de mujeres a mano de sus parejas, los continuos abusos y muertes de menores, los asesinatos realizados por menores y un largo etcétera nada agradable de redactar , pero da la impresión que pese a las protestas realizadas en la ceremonia de entrega de premios Goya en 2011, esta Ley Sinde trata de ser una cortina de humo que suavice el trato con el que se pueden tratar temas tan alarmantes como los anteriores o todos los agravios sociales que llevamos soportados, congelación de pensiones, recortes salariales, etc. Quizá tenga que ver que el cine no interesa a casi nadie. Y los cibernautas, como los llaman, son aún menos importantes y numerosos que los ciudadanos en paro, los afectados por los recortes de la crisis, la ciudadanía en general, la ministra como buena guionista lo ha de saber, la trama principal absorbe a las secundarias que seguirán floreciendo a lo largo del argumento. Pues bien, ahora tocaba destacar como trama principal la penalización de descargas y acallar las demás tramas que han pasado al menos por unos días a segundo plano.¡ Que decepción!
.Rosa Polonio
No, si la culpa va a ser del telepizza.
Lo queramos o no, la cuestión es que llegamos tarde. Podemos seguir con el debate, intentar poner al personal orejeras para que sólo vea una pequeña parte de lo que está ocurriendo y que sigamos enzarzados ahí, en esa pequeña parte.Pero el tema es más complejo y atañe a varios frentes, no sólo al de la piratería, que es donde los distribuidores tienen centrado el debate.
El mercado ha cambiado de forma radical con internet. No sólo cine se consume en casa. Todo esto empezó con el telepizza, con el “para llevar”. La sociedad se acostumbró a ello y amplió la costumbre a otros productos. El cine es arte pero también producto y como tal se consume. Estamos centrados en el punto que preocupa a la distribución. Yo entiendo que un empresario que ha invertido en montar unos cines esté preocupado. También el distribuidor. Y es que se les acaba el negocio si no se renuevan o si no hacen algo para que su actividad siga siendo tan valorada como para pagar por ella. Y que no, que no todos somos piratas, que no. Que estamos deseando de pagar por el trabajo bien hecho, bien realizado y bien entregado. Que reconocemos que es arte y creación y como tal hay que pagarlo en justo reconocimiento de la satisfacción que experimentamos al consumirlo.
Lo que pasa es que la gente cree tener el cine en casa y con ello se conforma. Creo que uno de los aspectos que hay que trabajar es la educación del espectador, hay que hacer que el espectador sea un sibarita audiovisual. Ustedes me van a perdonar pero no es lo mismo ver una peli en casa que verla en pantalla grande, a oscuras, con los altavoces debidamente distribuidos y calibrados, bajo las condiciones para la que fue creada, y lo que es determinante, habiendo hecho un esfuerzo en ir a verla, esto es, darle valor.
Pero esto está así. No es que queramos cambiar algo que va a ser. No. Esto está como está y es como es. Y lo peor es que se desarrolla a una velocidad y con una mutabilidad incontrolable, por lo que doy por sentado que todo lo que se discuta es banal. Todo lo que propongamos llega tarde. No es la palabra sino la acción. Acción con vistas a largo plazo. Me explico.
Por un lado tenemos lo que está haciendo Netflix, que a mi me suena como a la net flexible. Una especie de videoclub. Especie porque qué videoclub puede decir que tiene 20 millones de abonados. ¿Pueden estar equivocados 20 millones de personas?
A raíz de visitar este videoclub se me ocurre que uno puede pagar para ver una peli de estreno con buena calidad, basta que las mayors decidan ofertarlas, pero también se me ocurre que la publicidad puede financiar su visionado. Una solución sería meter publicidad en las clásicas franjas negras que todo film tiene. Eso sería un hueco desaprovechado en el espacio cibernético. Que uno quiere ver la peli sin publicidad, pues que pague. Que a otro no le importa y entiende que le pongan publicidad por ahí asomando si así consigue ver una peli sin moverse de casa, pues adelante.
Que sí, que los distribuidores y exhibidores se quedan sin la porción del pastel, pero es que ya se han quedado sin ella, sólo falta que se den cuenta. Es como la luz que aún nos llega de una estrella que ya se ha apagado. Intentar controlar la estrella es imposible, les queda de vida lo que queda de luz para que las salas de cine sean más oscuras que nunca.
Para evitar esto último sólo se me ocurre acudir y desarrollar una auténtica EDUCACIÓN visual, cosa que ya apuntaba antes. Es decir, enseñar el valor y la gran diferencia entre el CINE y el “cine” en casa. Hacerles ver la diferencia de sensaciones, sentidos, significados y contenidos. Es como ponerse incienso en casa: huele bien, ambienta y demás, pero donde pega es en su sitio, en el lugar y momento para el que está hecho: en la calle, con los pasos de por medio, ahora que estamos en Semana Santa. Sólo así se llenaran las salas tal y como ahora están las calles, repletas, aunque haya gente en casa, tan a gusto con su incienso de barrita.
Sergio Munuera
El mercado ha cambiado de forma radical con internet. No sólo cine se consume en casa. Todo esto empezó con el telepizza, con el “para llevar”. La sociedad se acostumbró a ello y amplió la costumbre a otros productos. El cine es arte pero también producto y como tal se consume. Estamos centrados en el punto que preocupa a la distribución. Yo entiendo que un empresario que ha invertido en montar unos cines esté preocupado. También el distribuidor. Y es que se les acaba el negocio si no se renuevan o si no hacen algo para que su actividad siga siendo tan valorada como para pagar por ella. Y que no, que no todos somos piratas, que no. Que estamos deseando de pagar por el trabajo bien hecho, bien realizado y bien entregado. Que reconocemos que es arte y creación y como tal hay que pagarlo en justo reconocimiento de la satisfacción que experimentamos al consumirlo.
Lo que pasa es que la gente cree tener el cine en casa y con ello se conforma. Creo que uno de los aspectos que hay que trabajar es la educación del espectador, hay que hacer que el espectador sea un sibarita audiovisual. Ustedes me van a perdonar pero no es lo mismo ver una peli en casa que verla en pantalla grande, a oscuras, con los altavoces debidamente distribuidos y calibrados, bajo las condiciones para la que fue creada, y lo que es determinante, habiendo hecho un esfuerzo en ir a verla, esto es, darle valor.
Pero esto está así. No es que queramos cambiar algo que va a ser. No. Esto está como está y es como es. Y lo peor es que se desarrolla a una velocidad y con una mutabilidad incontrolable, por lo que doy por sentado que todo lo que se discuta es banal. Todo lo que propongamos llega tarde. No es la palabra sino la acción. Acción con vistas a largo plazo. Me explico.
Por un lado tenemos lo que está haciendo Netflix, que a mi me suena como a la net flexible. Una especie de videoclub. Especie porque qué videoclub puede decir que tiene 20 millones de abonados. ¿Pueden estar equivocados 20 millones de personas?
A raíz de visitar este videoclub se me ocurre que uno puede pagar para ver una peli de estreno con buena calidad, basta que las mayors decidan ofertarlas, pero también se me ocurre que la publicidad puede financiar su visionado. Una solución sería meter publicidad en las clásicas franjas negras que todo film tiene. Eso sería un hueco desaprovechado en el espacio cibernético. Que uno quiere ver la peli sin publicidad, pues que pague. Que a otro no le importa y entiende que le pongan publicidad por ahí asomando si así consigue ver una peli sin moverse de casa, pues adelante.
Que sí, que los distribuidores y exhibidores se quedan sin la porción del pastel, pero es que ya se han quedado sin ella, sólo falta que se den cuenta. Es como la luz que aún nos llega de una estrella que ya se ha apagado. Intentar controlar la estrella es imposible, les queda de vida lo que queda de luz para que las salas de cine sean más oscuras que nunca.
Para evitar esto último sólo se me ocurre acudir y desarrollar una auténtica EDUCACIÓN visual, cosa que ya apuntaba antes. Es decir, enseñar el valor y la gran diferencia entre el CINE y el “cine” en casa. Hacerles ver la diferencia de sensaciones, sentidos, significados y contenidos. Es como ponerse incienso en casa: huele bien, ambienta y demás, pero donde pega es en su sitio, en el lugar y momento para el que está hecho: en la calle, con los pasos de por medio, ahora que estamos en Semana Santa. Sólo así se llenaran las salas tal y como ahora están las calles, repletas, aunque haya gente en casa, tan a gusto con su incienso de barrita.
Sergio Munuera
Cine Todo a Cien.
No os guste o no vivimos instalados en la cultura “Todo a Cien”, y el cine no iba a ser la excepción; ya fueron las fotografías por Internet, a menos de un euro, distribuidas por páginas web, así como obras de arte que se reproducen industrialmente, por no hablar de la música. La gran oferta es uno de los objetivo de la industria Cinematográfica, abarcar el mayor número posible de títulos, que a su vez abarcan diferentes escalas sociales, y todo tipo de públicos. La oferta es tan desbordante que aunque la gente valla a las salas, a ver alguna película; no es suficiente, siempre hay títulos interesantes que se quedarán fuera para un público que desea ver el máximo número posible de películas ante la presión de los medios, todo ello a un coste elevado unos 6,70 euros la entrada. La inmensa productividad ha rebosado y la respuesta agotadora del espectador ya no puede reducirse a las salas para estar actualizado.
Este consumismo ha encontrado en Internet su mejor aliado y se ha convertido en una manera de ver o mejor; consumir cine. El público va a las salas, va a filmotecas, los niños van más al cine que en mi infancia: en cartelera hay siempre dos o tres títulos para ellos en simultáneo. Así mismo sucede con el público adulto. Pero los cines ya no se llenan con este nuevo concepto de visionado que comenzó con el “Top Manta” y acabó en las descargas ilegales; alejándose de la idea de espectáculo para acercarse al del objeto de consumo. Tampoco es una solución restringir ese camino, aumentar el precio del billete en sala y no realizar una transformación necesaria que beneficie a todos, que además ya es un hecho. El entretenimiento, se entiende casi como un servicio, y no como algo que se paga, cuando puede ser gratis, o al menos muy barato. La solución pasa sin duda, por aplicar los precios de un bazar, abarrotado de productos todo a cien, donde cuantos más productos halla, más se abarata la oferta y la demanda, con sitios web autorizados, con descargas a precios variables como ya ocurre.
¿Que pasará cuando esto se generalice? Comprendo que de miedo. Pero confiemos, en definitiva el arte y la creatividad no están en juego, eso es intrínseco en el hombre, pero sí la magia que hasta ahora hemos conocido. Quizás la sala tendrá que albergar productos más ambiciosos, que satisfagan a un público cada vez más exigente e informado, ideas no faltan seguro.
Por detrás de todo esto hay una sociedad y una juventud presionada, por el consumo y la precariedad no declarada o disfrazada de zapatillas de marca. Enfadada con el éxito, el glamour y la riqueza de otros y por qué no decirlo de las propias estrellas y sus mansiones. Todo eso está detrás y lo siento por la ley Sinde, ellos son más y valientes.
Pilar Mayorgas Reyes
Este consumismo ha encontrado en Internet su mejor aliado y se ha convertido en una manera de ver o mejor; consumir cine. El público va a las salas, va a filmotecas, los niños van más al cine que en mi infancia: en cartelera hay siempre dos o tres títulos para ellos en simultáneo. Así mismo sucede con el público adulto. Pero los cines ya no se llenan con este nuevo concepto de visionado que comenzó con el “Top Manta” y acabó en las descargas ilegales; alejándose de la idea de espectáculo para acercarse al del objeto de consumo. Tampoco es una solución restringir ese camino, aumentar el precio del billete en sala y no realizar una transformación necesaria que beneficie a todos, que además ya es un hecho. El entretenimiento, se entiende casi como un servicio, y no como algo que se paga, cuando puede ser gratis, o al menos muy barato. La solución pasa sin duda, por aplicar los precios de un bazar, abarrotado de productos todo a cien, donde cuantos más productos halla, más se abarata la oferta y la demanda, con sitios web autorizados, con descargas a precios variables como ya ocurre.
¿Que pasará cuando esto se generalice? Comprendo que de miedo. Pero confiemos, en definitiva el arte y la creatividad no están en juego, eso es intrínseco en el hombre, pero sí la magia que hasta ahora hemos conocido. Quizás la sala tendrá que albergar productos más ambiciosos, que satisfagan a un público cada vez más exigente e informado, ideas no faltan seguro.
Por detrás de todo esto hay una sociedad y una juventud presionada, por el consumo y la precariedad no declarada o disfrazada de zapatillas de marca. Enfadada con el éxito, el glamour y la riqueza de otros y por qué no decirlo de las propias estrellas y sus mansiones. Todo eso está detrás y lo siento por la ley Sinde, ellos son más y valientes.
Pilar Mayorgas Reyes
ARRANCAR EL ÍNDICE DE UNA ENCICLOPEDIA
Hace algunos años cientos de personas se ganaban la vida vendiendo barras y cubitos de hielo, hoy en día esos profesionales han tenido que reconducir sus negocios y dedicarse a la venta de congeladores o neveras, por la sencilla razón de que la tecnología ha llevado a los usuarios a hacer su vida de otra manera. No existió entonces ninguna ley para ellos que los protegiera de que la gente pudiera obtener el hielo gratis en su casa simplemente comprando un congelador o una nevera.
En este país, muchísimos usuarios compran ordenadores, pen drives y discos compactos que no utilizan más que para almacenar sus propias fotografías o documentos creados por ellos mismos, y sin embargo, el precio de todos esos materiales ya incluye un canon nada despreciable que va directamente a parar a las arcas de la Sociedad General de Autores sin que ésta haya hecho absolutamente nada para mecerlo.
Con este panorama, González Sinde pone en marcha una Ley que, en primer lugar es injusta y en segundo, absolutamente inútil, pues eliminar las páginas de descargas que funcionan a través de enlaces es tan estúpido como arrancar el índice de una enciclopedia. Sólo conseguirá que a algunas personas les lleve algo más de tiempo encontrar la información que están buscando, pero en absoluto podrá impedir que se llegue a ella.
Los autores, como todos los profesionales, merecen cobrar por el trabajo que realizan, pero Internet no es el futuro, Internet es el presente y lo que se impone no es una Ley de escasa utilidad, ni el pago de esas supuestas pérdidas a costa de los bolsillos de consumidores de otros productos. La industria del arte tiene que evolucionar, como lo hacen todas las industrias, y adaptarse a la realidad que existe ya ante nosotros con sus propios medios.
Es más que evidente que cuanta más gente conozca tu producto, más vías paralelas de negocio se pueden desarrollar. En la industria de la música, ha descendido notablemente la venta de discos. En cambio, ha aumentado de manera sustancial la asistencia de público a los conciertos, porque el usuario conoce más grupos y asiste a sus espectáculos. El cine y las artes audiovisuales deben trabajar en esta línea, valiéndose de su creatividad e ingenio, no esperando ser protegidos por un gobierno que actualmente debería estar resolviendo problemas y no generando conflictos.
María Soledad López Jiménez
En este país, muchísimos usuarios compran ordenadores, pen drives y discos compactos que no utilizan más que para almacenar sus propias fotografías o documentos creados por ellos mismos, y sin embargo, el precio de todos esos materiales ya incluye un canon nada despreciable que va directamente a parar a las arcas de la Sociedad General de Autores sin que ésta haya hecho absolutamente nada para mecerlo.
Con este panorama, González Sinde pone en marcha una Ley que, en primer lugar es injusta y en segundo, absolutamente inútil, pues eliminar las páginas de descargas que funcionan a través de enlaces es tan estúpido como arrancar el índice de una enciclopedia. Sólo conseguirá que a algunas personas les lleve algo más de tiempo encontrar la información que están buscando, pero en absoluto podrá impedir que se llegue a ella.
Los autores, como todos los profesionales, merecen cobrar por el trabajo que realizan, pero Internet no es el futuro, Internet es el presente y lo que se impone no es una Ley de escasa utilidad, ni el pago de esas supuestas pérdidas a costa de los bolsillos de consumidores de otros productos. La industria del arte tiene que evolucionar, como lo hacen todas las industrias, y adaptarse a la realidad que existe ya ante nosotros con sus propios medios.
Es más que evidente que cuanta más gente conozca tu producto, más vías paralelas de negocio se pueden desarrollar. En la industria de la música, ha descendido notablemente la venta de discos. En cambio, ha aumentado de manera sustancial la asistencia de público a los conciertos, porque el usuario conoce más grupos y asiste a sus espectáculos. El cine y las artes audiovisuales deben trabajar en esta línea, valiéndose de su creatividad e ingenio, no esperando ser protegidos por un gobierno que actualmente debería estar resolviendo problemas y no generando conflictos.
María Soledad López Jiménez
CULTURA ABIERTA EN CURSIVA
Este artículo me pertenece a mí que soy su autor. Esta versión inicial del mismo es de mi autoría y es lo único que decido conservar. A partir de aquí, autorizo todas las reproducciones que se quieran dar a este texto incluso las que tengan como objetivo principal el de obtener un beneficio lucrativo para quien efectúa la distribución. Tan sólo ruego -pero no obligo- a que se mantenga la mía, como la autoría principal del original. Por supuesto, y siguiendo el hilo de la argumentación previa, quedan expresamente autorizadas cuantas modificaciones a este texto quieran realizarse. Pueden modificarse el sentido de unas pocas frases o sustituir párrafos completos. Queda esto al exclusivo juicio de los que vengan detrás.
Pero he de poner ciertas condiciones al acuerdo. Estas condiciones no son sino las ya establecidas por los desarrolladores de software open source y que, en resumen, son las siguientes:
- Los productos culturales deben circular libremente. De esta manera, los productos editados bajo esta licencia, pueden distribuirse, entregarse o venderse con total libertad. Este sistema de distribución potencia la obra y ayuda al autor a desarrollarla hasta sus últimas consecuencias. Pero la libertad ha de ir más allá: podrá exigirse una contraprestación económica siempre y cuando no se impida la modificación de la versión en cuestión, que habrá de ser siempre y en todo caso abierta y libre.
- La obra creativa debe de facilitarse de tal manera que pueda ser modificada libremente por quien quiera, como quiera y cuando quiera. Si esto no fuera posible de manera directa, se establecerá un sistema alternativo a través de Internet.
- No se debe permitir la discriminación de personas o grupos de personas en el trabajo sobre una obra distribuida con este tipo de licencia. De igual manera, los autores de las distintas distribuciones pueden decidir libremente qué versiones de la obra deben formar parte de ellas. Los trabajos que resultan de modificar las obras originales o sus posteriores versiones, han de distribuirse con el mismo tipo de licencia que las anteriores.
En definitiva: se autoriza la libre modificación y distribución de este documento siempre que se permita hacer lo propio con el producto resultante.
Alicia de la Cueva González
Pero he de poner ciertas condiciones al acuerdo. Estas condiciones no son sino las ya establecidas por los desarrolladores de software open source y que, en resumen, son las siguientes:
- Los productos culturales deben circular libremente. De esta manera, los productos editados bajo esta licencia, pueden distribuirse, entregarse o venderse con total libertad. Este sistema de distribución potencia la obra y ayuda al autor a desarrollarla hasta sus últimas consecuencias. Pero la libertad ha de ir más allá: podrá exigirse una contraprestación económica siempre y cuando no se impida la modificación de la versión en cuestión, que habrá de ser siempre y en todo caso abierta y libre.
- La obra creativa debe de facilitarse de tal manera que pueda ser modificada libremente por quien quiera, como quiera y cuando quiera. Si esto no fuera posible de manera directa, se establecerá un sistema alternativo a través de Internet.
- No se debe permitir la discriminación de personas o grupos de personas en el trabajo sobre una obra distribuida con este tipo de licencia. De igual manera, los autores de las distintas distribuciones pueden decidir libremente qué versiones de la obra deben formar parte de ellas. Los trabajos que resultan de modificar las obras originales o sus posteriores versiones, han de distribuirse con el mismo tipo de licencia que las anteriores.
En definitiva: se autoriza la libre modificación y distribución de este documento siempre que se permita hacer lo propio con el producto resultante.
Alicia de la Cueva González
¡SOBREVIVIRÉ! Para nostálgicos, internautas, artistas, políticos y mutantes varios.
Desde sus orígenes hasta la actualidad, aquello que llamamos “arte” se ha venido desarrollando en una constante evolución. Primero, incorporó a sus funciones mágicas y utilitarias, propias de nuestros ancestros, ingredientes lúdicos, expresivos y comunicativos. Más adelante, se añadiría el componente estético y a continuación, e irremediablemente, el elemento comercial. En realidad, toda esta amalgama pasó a formar parte y a participar (en mayor o menor medida según la ocasión) de la esencia del arte.
Así, a lo largo de los tiempos la producción artística sería sostenida por gobernantes, iglesias, mecenas, patronos, por el estado o por la iniciativa privada. A otros niveles también sobreviviría, sencillamente, gracias al “amor al arte”. Las formas de crear arte, entenderlo y disfrutarlo, también fueron variando en las distintas épocas, de igual modo que cambiaban artistas, receptores y la propia sociedad a la que pertenecían.
Teniendo todo esto en cuenta, puede parecer entonces, que el concepto de arte va ligado al cambio, a la evolución, a la diversificación. Incluso que a estas características les debe parte de su genialidad y supervivencia.
Y precisamente es en el panorama actual, en una sociedad de transformación continua, de nuevas formas de acceso y disfrute de información, comunicación, arte y cultura cuando nos sorprende un interesante debate. Un debate al rojo vivo gracias a la aprobación de la llamada ley Sinde y a los últimos acontecimientos desarrollados en la Academia de Cine. Un debate que parece enfrentar intereses de autores e internautas. Pero, ¿es éste el conflicto real?
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Para empezar, creo que nadie en su sano juicio puede cuestionar el derecho de un artista (lo quiera ejercer o no) a recibir una gratificación por su trabajo. En un mundo en que todo se compra y se vende, no debe ser muy difícil educarnos para pagar por el arte. Como artista, quiero que se reconozca la autoría de mi obra y recibir lo justo por mi trabajo. Como internauta, no me importaría abonar una cantidad adecuada por un producto adecuado.
Y ahí se nos presenta el problema y el verdadero debate. ¿Tenemos precios adecuados y productos adecuados? ¿Creemos justo el porcentaje de ese precio que recibe el artista? ¿Nos molesta que la mayor parte del mismo vaya a las arcas del sistema? Desde mi opinión, el conflicto real no enfrenta a internautas con autores, enfrenta a internautas con el potente aparato industrial que comercializa el arte.
Sabemos que Internet y las nuevas tecnologías, nos abren un abanico amplísimo de oportunidades creativas. Su desarrollo ha democratizado el acceso al arte y la cultura. Todos podemos disfrutar de estas obras de arte, pero es que, incluso, todos tenemos la posibilidad de crearlas. Cualquier talento puede hoy, por ejemplo, gracias al desarrollo de los medios digitales y el abaratamiento de los costes de producción, rodar un cortometraje de calidad, algo impensable hace unos años. Esto es maravilloso. Artistas que no querían o no podían formar parte del engranaje industrial convencional pueden ahora ofrecerse a su público a través de la red. Internet más que un conflicto, es una posibilidad de acercamiento entre autores e internautas.
Entonces, si ya no es necesaria la larga cadena de intermediarios ¿Qué sucede con la industria? ¿Desaparece y con ella multitud de puestos de trabajo? No tiene por qué ser así. Estamos frente a una oportunidad única para que la estructura comercial evolucione también y se adapte a los nuevos tiempos, de modo que todos salgamos ganando.
La clave está en entender que ha nacido un nuevo tipo de consumidor (o receptor artístico) que quiere, a distintos niveles, participar de la obra de arte. Esa interactividad, que ya se venía anunciando desde las vanguardias artísticas del XX, es la base del triunfo de internet. Y es lo que puede y debe aprovechar la industria. Con fórmulas como alargar la vida comercial de los productos originales desarrollando otros derivados, productos con valores añadidos que fomenten la interacción con el usuario: dvds con múltiples opciones, juegos, televisión a la carta. O diversificando la oferta, dejando un hueco para productos alternativos que también tendrán su público. Ahora es el propio consumidor el que elige y decide. Y a este consumidor no le importará pagar un precio razonable o un pequeño suplemento en su tarifa telefónica para obtener esa obra de arte, ocio o consumo a su medida.
Incluso en el ámbito del cine no hay que renunciar a llenar las salas. La propia esencia del cine como experiencia colectiva está ligada a esa interactividad. De este modo, entre otras opciones, podremos recuperar el “cine de atracciones” de los comienzos (ése que se disfrutaba en barracas de feria) pero reinventado para una nueva época en que el espectador participe e interactúe con el resto del público, incluso con los personajes y escenarios, construyendo su propio film a tiempo real.
Por el bien de todos, hay que legislar y ordenar todo esto. Una labor compleja pero que debe comenzar de algún modo. La ley Sinde, con sus aciertos y errores, puede ser un primer paso que indudablemente ha de continuar desarrollándose. No sólo con prohibiciones que amparen el modelo convencional de comercialización sino creando cauces legales para que se desarrollen otras alternativas y para que el pastel no se reparta entre unos pocos. Esto hará la industria más creativa, plural y competitiva y al consumidor más exigente. Por otro lado, tendremos que superar el mecenazgo público pero sin desecharlo por completo. Y es que el Estado tiene el deber de aprovechar la potencialidad comunicativa de internet promoviendo las descargas gratuitas o con precios simbólicos de películas, músicas, imágenes… que ya no se encuentren en los circuitos comerciales y que sean de interés artístico y cultural. Empezando por sus propios fondos públicos, digitalizando y permitiendo el libre acceso a las obras de bibliotecas, filmotecas y museos para acercarlas a la sociedad.
En definitiva, necesitamos unas leyes que garanticen la pluralidad y democratización del arte, que protejan a nuestros autores consagrados pero que también faciliten el camino a los nuevos talentos y que preserven y difundan obras de arte reconocidas que forman parte de nuestro patrimonio. Necesitamos un aparato comercial que no se ancle en antiguos sistemas y que sacrifique sus márgenes de beneficios para obtenerlos por nuevas vías: diversificándose, apostando por nuevos valores, trabajando en diversos formatos y niveles y ofreciendo productos de calidad y más competitivos. Necesitamos autores que aprovechen las múltiples posibilidades que les ofrecen las nuevas tecnologías e internet para crear, no sólo productos comerciales, sino para explorar nuevos lenguajes artísticos. Y además, necesitamos educar espectadores críticos, preparados para consumir productos audiovisuales pero también para valorar el arte, preparados para ser partícipes de la obra. Una tarea difícil pero no imposible. Y estamos en el momento ideal para abordarla.
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No hay que temer a los cambios. La experiencia nos demuestra que pueden hacernos sufrir pero que, realmente, nos fortalecen. No desapareció la literatura con el nacimiento del cine, ni el cine con el desarrollo de la televisión. Pudimos seguir visionando películas mudas y en blanco y negro, aunque llegasen el sonoro y el color. Y el nuevo cine continuó nutriéndose del cine anterior. Tampoco desaparecerán las salas con la llegada de internet aunque puede que cambien su fisonomía. Serán diferentes medios de expresión artística que dialogarán y se enriquecerán mutuamente. Ciber-navegantes ausentes de salas y museos podrán conocer a través de la red, y quizás por vez primera, nuestras joyas del pasado. Puede, incluso, que a partir de la experiencia se animen a mutar, como el propio arte, y se despeguen del sofá para acudir a esas salas y museos en su búsqueda.
Por nuestra parte, los nostálgicos de la pantalla grande seguiremos disfrutando de Chaplin en la oscuridad de algunas salas de cine. Pero es que, además, podremos recuperar con un clic, aquella otra película que no se puede ver ya en cine o televisión. Puede, incluso, que mutemos igualmente y acudamos deseosos a los nuevos estrenos 4 o 5D.
Porque es seguro que nos esperan nuevas y apasionantes obras de arte entre otras muchas que no lo serán, pero que son igualmente necesarias. Creo que aún no ha sucedido, pero démosle un tiempo. Recordemos que el arte no muere. Está fundido con la naturaleza humana. Recordemos que como ella, el arte cambia, muta, se transforma y aún así (o quizás por ello) sobrevive.
Belén Jurado Merelo.
Así, a lo largo de los tiempos la producción artística sería sostenida por gobernantes, iglesias, mecenas, patronos, por el estado o por la iniciativa privada. A otros niveles también sobreviviría, sencillamente, gracias al “amor al arte”. Las formas de crear arte, entenderlo y disfrutarlo, también fueron variando en las distintas épocas, de igual modo que cambiaban artistas, receptores y la propia sociedad a la que pertenecían.
Teniendo todo esto en cuenta, puede parecer entonces, que el concepto de arte va ligado al cambio, a la evolución, a la diversificación. Incluso que a estas características les debe parte de su genialidad y supervivencia.
Y precisamente es en el panorama actual, en una sociedad de transformación continua, de nuevas formas de acceso y disfrute de información, comunicación, arte y cultura cuando nos sorprende un interesante debate. Un debate al rojo vivo gracias a la aprobación de la llamada ley Sinde y a los últimos acontecimientos desarrollados en la Academia de Cine. Un debate que parece enfrentar intereses de autores e internautas. Pero, ¿es éste el conflicto real?
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Para empezar, creo que nadie en su sano juicio puede cuestionar el derecho de un artista (lo quiera ejercer o no) a recibir una gratificación por su trabajo. En un mundo en que todo se compra y se vende, no debe ser muy difícil educarnos para pagar por el arte. Como artista, quiero que se reconozca la autoría de mi obra y recibir lo justo por mi trabajo. Como internauta, no me importaría abonar una cantidad adecuada por un producto adecuado.
Y ahí se nos presenta el problema y el verdadero debate. ¿Tenemos precios adecuados y productos adecuados? ¿Creemos justo el porcentaje de ese precio que recibe el artista? ¿Nos molesta que la mayor parte del mismo vaya a las arcas del sistema? Desde mi opinión, el conflicto real no enfrenta a internautas con autores, enfrenta a internautas con el potente aparato industrial que comercializa el arte.
Sabemos que Internet y las nuevas tecnologías, nos abren un abanico amplísimo de oportunidades creativas. Su desarrollo ha democratizado el acceso al arte y la cultura. Todos podemos disfrutar de estas obras de arte, pero es que, incluso, todos tenemos la posibilidad de crearlas. Cualquier talento puede hoy, por ejemplo, gracias al desarrollo de los medios digitales y el abaratamiento de los costes de producción, rodar un cortometraje de calidad, algo impensable hace unos años. Esto es maravilloso. Artistas que no querían o no podían formar parte del engranaje industrial convencional pueden ahora ofrecerse a su público a través de la red. Internet más que un conflicto, es una posibilidad de acercamiento entre autores e internautas.
Entonces, si ya no es necesaria la larga cadena de intermediarios ¿Qué sucede con la industria? ¿Desaparece y con ella multitud de puestos de trabajo? No tiene por qué ser así. Estamos frente a una oportunidad única para que la estructura comercial evolucione también y se adapte a los nuevos tiempos, de modo que todos salgamos ganando.
La clave está en entender que ha nacido un nuevo tipo de consumidor (o receptor artístico) que quiere, a distintos niveles, participar de la obra de arte. Esa interactividad, que ya se venía anunciando desde las vanguardias artísticas del XX, es la base del triunfo de internet. Y es lo que puede y debe aprovechar la industria. Con fórmulas como alargar la vida comercial de los productos originales desarrollando otros derivados, productos con valores añadidos que fomenten la interacción con el usuario: dvds con múltiples opciones, juegos, televisión a la carta. O diversificando la oferta, dejando un hueco para productos alternativos que también tendrán su público. Ahora es el propio consumidor el que elige y decide. Y a este consumidor no le importará pagar un precio razonable o un pequeño suplemento en su tarifa telefónica para obtener esa obra de arte, ocio o consumo a su medida.
Incluso en el ámbito del cine no hay que renunciar a llenar las salas. La propia esencia del cine como experiencia colectiva está ligada a esa interactividad. De este modo, entre otras opciones, podremos recuperar el “cine de atracciones” de los comienzos (ése que se disfrutaba en barracas de feria) pero reinventado para una nueva época en que el espectador participe e interactúe con el resto del público, incluso con los personajes y escenarios, construyendo su propio film a tiempo real.
Por el bien de todos, hay que legislar y ordenar todo esto. Una labor compleja pero que debe comenzar de algún modo. La ley Sinde, con sus aciertos y errores, puede ser un primer paso que indudablemente ha de continuar desarrollándose. No sólo con prohibiciones que amparen el modelo convencional de comercialización sino creando cauces legales para que se desarrollen otras alternativas y para que el pastel no se reparta entre unos pocos. Esto hará la industria más creativa, plural y competitiva y al consumidor más exigente. Por otro lado, tendremos que superar el mecenazgo público pero sin desecharlo por completo. Y es que el Estado tiene el deber de aprovechar la potencialidad comunicativa de internet promoviendo las descargas gratuitas o con precios simbólicos de películas, músicas, imágenes… que ya no se encuentren en los circuitos comerciales y que sean de interés artístico y cultural. Empezando por sus propios fondos públicos, digitalizando y permitiendo el libre acceso a las obras de bibliotecas, filmotecas y museos para acercarlas a la sociedad.
En definitiva, necesitamos unas leyes que garanticen la pluralidad y democratización del arte, que protejan a nuestros autores consagrados pero que también faciliten el camino a los nuevos talentos y que preserven y difundan obras de arte reconocidas que forman parte de nuestro patrimonio. Necesitamos un aparato comercial que no se ancle en antiguos sistemas y que sacrifique sus márgenes de beneficios para obtenerlos por nuevas vías: diversificándose, apostando por nuevos valores, trabajando en diversos formatos y niveles y ofreciendo productos de calidad y más competitivos. Necesitamos autores que aprovechen las múltiples posibilidades que les ofrecen las nuevas tecnologías e internet para crear, no sólo productos comerciales, sino para explorar nuevos lenguajes artísticos. Y además, necesitamos educar espectadores críticos, preparados para consumir productos audiovisuales pero también para valorar el arte, preparados para ser partícipes de la obra. Una tarea difícil pero no imposible. Y estamos en el momento ideal para abordarla.
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No hay que temer a los cambios. La experiencia nos demuestra que pueden hacernos sufrir pero que, realmente, nos fortalecen. No desapareció la literatura con el nacimiento del cine, ni el cine con el desarrollo de la televisión. Pudimos seguir visionando películas mudas y en blanco y negro, aunque llegasen el sonoro y el color. Y el nuevo cine continuó nutriéndose del cine anterior. Tampoco desaparecerán las salas con la llegada de internet aunque puede que cambien su fisonomía. Serán diferentes medios de expresión artística que dialogarán y se enriquecerán mutuamente. Ciber-navegantes ausentes de salas y museos podrán conocer a través de la red, y quizás por vez primera, nuestras joyas del pasado. Puede, incluso, que a partir de la experiencia se animen a mutar, como el propio arte, y se despeguen del sofá para acudir a esas salas y museos en su búsqueda.
Por nuestra parte, los nostálgicos de la pantalla grande seguiremos disfrutando de Chaplin en la oscuridad de algunas salas de cine. Pero es que, además, podremos recuperar con un clic, aquella otra película que no se puede ver ya en cine o televisión. Puede, incluso, que mutemos igualmente y acudamos deseosos a los nuevos estrenos 4 o 5D.
Porque es seguro que nos esperan nuevas y apasionantes obras de arte entre otras muchas que no lo serán, pero que son igualmente necesarias. Creo que aún no ha sucedido, pero démosle un tiempo. Recordemos que el arte no muere. Está fundido con la naturaleza humana. Recordemos que como ella, el arte cambia, muta, se transforma y aún así (o quizás por ello) sobrevive.
Belén Jurado Merelo.
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