viernes, 24 de junio de 2011

EL DIEZMO DEL SIGLO XXI

Todo es de todos. Esa parece la idea dominante en Internet. Ni siquiera los grandes idealistas y pensadores progresistas del siglo pasado hubieran podido imaginar que esto ocurriera. Los mismos que a día de hoy ponen (o intentan poner) puertas al campo. Para entenderlo quizá habrá que hacer un análisis progresivo del fenómeno que ha ocurrido desde que la Red ha penetrado en casa del ciudadano de a pie. Lo haré a continuación.
Fue de la mano de Telefónica cuando en torno a 1995 comenzó la universalización de la conexión a la red, mediante la infraestructura conocida como Infovía. Este sistema de conexión, basado en sistemas prehistóricos -aquellos modems chirriantes-, no alcanzaban una velocidad suficiente como para hacer algo más allá que leer correos electrónicos o consultar algunas incipientes páginas de diarios online y buscadores. Ya estábamos en la época del disco compacto, que previamente jubiló a las cintas de cassete, y que curiosamente, poseía un precio en su versión grabable superior a los originales de música. Esta paradoja anulaba cualquier intento de piratería.
Poco a poco, con las mejoras técnicas, avances en la liberalización de las telecomunicaciones, la aparición de las llamadas 'tarifas planas', el tránsito de información en la Red comenzó a arrancar lentamente. Todavía faltaba una innovación de tipo informático, que sucedería poco después, y era el desarrollo del formato MP3. En síntesis, este desarrollo posibilitaba que los diferentes archivos de sonido ocuparan la friolera de diez veces menos su tamaño original. Para colmo, el CD grabable baja de precio. La piratería comienza.
Más velocidad, medios de almacenamiento más barato, universalización de la red, y sobre todo, falta de legislación. La piratería se desarrolla. Quizá en una primera etapa sin un ánimo de lucro excesivo (el llamado consumo personal), pero progresivamente, mentes lúcidas (y pícaras) ven un nuevo modelo de negocio, aprovechando el cuasi vacío legal. Es en este punto donde aparecen las redes de piratería, que ya sobrepasan con claridad los vacíos legales.
Como freno, las partes afectadas responden (desde un punto de vista esencialmente económico) elevando el precio en cada uno de los estamentos del proceso creativo, para compensar las pérdidas millonarias (en contra de los beneficios millonarios), por medio de un diezmo, renombrado en tiempos actuales con la palabra ‘canon’.
De nuevo una vuelta de tuerca tecnológica da lugar a la creación del formato comprimido de vídeo (equivalente a mp3 pero para imágenes), con lo que esta piratería de consumo diario se dispara exponencialmente.
La clase política, poco espoleada por las empresas con pérdidas hasta este momento, reacciona, quizá tardíamente, con regulaciones cosméticas y salomónicas, que al final a día de hoy se han demostrado inconstitucionales, el canon. Sin embargo, cuando el problema crece hasta tocar el corazón del fabricante mundial de medios audiovisuales, la cosa cambia radicalmente, dando lugar a la Ley Sinde.
¿Y quién tiene razón en esta situación? ¿El público de a pie que se niega a pagar el sobreprecio causado por la piratería? ¿Todos los productos a la venta deberían tener el mismo precio, independientemente de la calidad, como ocurre en la actualidad en muchos casos?
Quizá la solución sea un término medio, un restablecimiento de las condiciones en las que la piratería no se daba, es decir, hacer sentir y ver que debe existir una opción asequible en precio, y más en los tiempos de vorágine económica que corren. Una prueba de ello es el exitoso producto Spotify a nivel global, soportado económicamente por publicidad y con un modelo de suscripción mensual, con un pago no especialmente elevado. También existe el mismo modelo en el sector audiovisual (aunque en Europa todavía no ha desembarcado) como Hulu o Netflix.
Quizá este modelo, que no genera tantas ganancias  -o más bien las reparte entre los diferentes eslabones de la cadena productiva- no sea de gusto de los grandes inversores y productores, que verían mermados sus ingresos, en pos de elevarlo a los pequeños creadores, que partirían en iguales condiciones en un mercado donde, tal y como funciona en la actualidad, sólo el dinero es capaz de generar dinero, independientemente de la valía artística, algo éticamente incorrecto, pero tristemente único motor del arte audiovisual de masas actual.

Álvaro Luis Maroto Conde

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