Desde sus orígenes hasta la actualidad, aquello que llamamos “arte” se ha venido desarrollando en una constante evolución. Primero, incorporó a sus funciones mágicas y utilitarias, propias de nuestros ancestros, ingredientes lúdicos, expresivos y comunicativos. Más adelante, se añadiría el componente estético y a continuación, e irremediablemente, el elemento comercial. En realidad, toda esta amalgama pasó a formar parte y a participar (en mayor o menor medida según la ocasión) de la esencia del arte.
Así, a lo largo de los tiempos la producción artística sería sostenida por gobernantes, iglesias, mecenas, patronos, por el estado o por la iniciativa privada. A otros niveles también sobreviviría, sencillamente, gracias al “amor al arte”. Las formas de crear arte, entenderlo y disfrutarlo, también fueron variando en las distintas épocas, de igual modo que cambiaban artistas, receptores y la propia sociedad a la que pertenecían.
Teniendo todo esto en cuenta, puede parecer entonces, que el concepto de arte va ligado al cambio, a la evolución, a la diversificación. Incluso que a estas características les debe parte de su genialidad y supervivencia.
Y precisamente es en el panorama actual, en una sociedad de transformación continua, de nuevas formas de acceso y disfrute de información, comunicación, arte y cultura cuando nos sorprende un interesante debate. Un debate al rojo vivo gracias a la aprobación de la llamada ley Sinde y a los últimos acontecimientos desarrollados en la Academia de Cine. Un debate que parece enfrentar intereses de autores e internautas. Pero, ¿es éste el conflicto real?
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Para empezar, creo que nadie en su sano juicio puede cuestionar el derecho de un artista (lo quiera ejercer o no) a recibir una gratificación por su trabajo. En un mundo en que todo se compra y se vende, no debe ser muy difícil educarnos para pagar por el arte. Como artista, quiero que se reconozca la autoría de mi obra y recibir lo justo por mi trabajo. Como internauta, no me importaría abonar una cantidad adecuada por un producto adecuado.
Y ahí se nos presenta el problema y el verdadero debate. ¿Tenemos precios adecuados y productos adecuados? ¿Creemos justo el porcentaje de ese precio que recibe el artista? ¿Nos molesta que la mayor parte del mismo vaya a las arcas del sistema? Desde mi opinión, el conflicto real no enfrenta a internautas con autores, enfrenta a internautas con el potente aparato industrial que comercializa el arte.
Sabemos que Internet y las nuevas tecnologías, nos abren un abanico amplísimo de oportunidades creativas. Su desarrollo ha democratizado el acceso al arte y la cultura. Todos podemos disfrutar de estas obras de arte, pero es que, incluso, todos tenemos la posibilidad de crearlas. Cualquier talento puede hoy, por ejemplo, gracias al desarrollo de los medios digitales y el abaratamiento de los costes de producción, rodar un cortometraje de calidad, algo impensable hace unos años. Esto es maravilloso. Artistas que no querían o no podían formar parte del engranaje industrial convencional pueden ahora ofrecerse a su público a través de la red. Internet más que un conflicto, es una posibilidad de acercamiento entre autores e internautas.
Entonces, si ya no es necesaria la larga cadena de intermediarios ¿Qué sucede con la industria? ¿Desaparece y con ella multitud de puestos de trabajo? No tiene por qué ser así. Estamos frente a una oportunidad única para que la estructura comercial evolucione también y se adapte a los nuevos tiempos, de modo que todos salgamos ganando.
La clave está en entender que ha nacido un nuevo tipo de consumidor (o receptor artístico) que quiere, a distintos niveles, participar de la obra de arte. Esa interactividad, que ya se venía anunciando desde las vanguardias artísticas del XX, es la base del triunfo de internet. Y es lo que puede y debe aprovechar la industria. Con fórmulas como alargar la vida comercial de los productos originales desarrollando otros derivados, productos con valores añadidos que fomenten la interacción con el usuario: dvds con múltiples opciones, juegos, televisión a la carta. O diversificando la oferta, dejando un hueco para productos alternativos que también tendrán su público. Ahora es el propio consumidor el que elige y decide. Y a este consumidor no le importará pagar un precio razonable o un pequeño suplemento en su tarifa telefónica para obtener esa obra de arte, ocio o consumo a su medida.
Incluso en el ámbito del cine no hay que renunciar a llenar las salas. La propia esencia del cine como experiencia colectiva está ligada a esa interactividad. De este modo, entre otras opciones, podremos recuperar el “cine de atracciones” de los comienzos (ése que se disfrutaba en barracas de feria) pero reinventado para una nueva época en que el espectador participe e interactúe con el resto del público, incluso con los personajes y escenarios, construyendo su propio film a tiempo real.
Por el bien de todos, hay que legislar y ordenar todo esto. Una labor compleja pero que debe comenzar de algún modo. La ley Sinde, con sus aciertos y errores, puede ser un primer paso que indudablemente ha de continuar desarrollándose. No sólo con prohibiciones que amparen el modelo convencional de comercialización sino creando cauces legales para que se desarrollen otras alternativas y para que el pastel no se reparta entre unos pocos. Esto hará la industria más creativa, plural y competitiva y al consumidor más exigente. Por otro lado, tendremos que superar el mecenazgo público pero sin desecharlo por completo. Y es que el Estado tiene el deber de aprovechar la potencialidad comunicativa de internet promoviendo las descargas gratuitas o con precios simbólicos de películas, músicas, imágenes… que ya no se encuentren en los circuitos comerciales y que sean de interés artístico y cultural. Empezando por sus propios fondos públicos, digitalizando y permitiendo el libre acceso a las obras de bibliotecas, filmotecas y museos para acercarlas a la sociedad.
En definitiva, necesitamos unas leyes que garanticen la pluralidad y democratización del arte, que protejan a nuestros autores consagrados pero que también faciliten el camino a los nuevos talentos y que preserven y difundan obras de arte reconocidas que forman parte de nuestro patrimonio. Necesitamos un aparato comercial que no se ancle en antiguos sistemas y que sacrifique sus márgenes de beneficios para obtenerlos por nuevas vías: diversificándose, apostando por nuevos valores, trabajando en diversos formatos y niveles y ofreciendo productos de calidad y más competitivos. Necesitamos autores que aprovechen las múltiples posibilidades que les ofrecen las nuevas tecnologías e internet para crear, no sólo productos comerciales, sino para explorar nuevos lenguajes artísticos. Y además, necesitamos educar espectadores críticos, preparados para consumir productos audiovisuales pero también para valorar el arte, preparados para ser partícipes de la obra. Una tarea difícil pero no imposible. Y estamos en el momento ideal para abordarla.
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No hay que temer a los cambios. La experiencia nos demuestra que pueden hacernos sufrir pero que, realmente, nos fortalecen. No desapareció la literatura con el nacimiento del cine, ni el cine con el desarrollo de la televisión. Pudimos seguir visionando películas mudas y en blanco y negro, aunque llegasen el sonoro y el color. Y el nuevo cine continuó nutriéndose del cine anterior. Tampoco desaparecerán las salas con la llegada de internet aunque puede que cambien su fisonomía. Serán diferentes medios de expresión artística que dialogarán y se enriquecerán mutuamente. Ciber-navegantes ausentes de salas y museos podrán conocer a través de la red, y quizás por vez primera, nuestras joyas del pasado. Puede, incluso, que a partir de la experiencia se animen a mutar, como el propio arte, y se despeguen del sofá para acudir a esas salas y museos en su búsqueda.
Por nuestra parte, los nostálgicos de la pantalla grande seguiremos disfrutando de Chaplin en la oscuridad de algunas salas de cine. Pero es que, además, podremos recuperar con un clic, aquella otra película que no se puede ver ya en cine o televisión. Puede, incluso, que mutemos igualmente y acudamos deseosos a los nuevos estrenos 4 o 5D.
Porque es seguro que nos esperan nuevas y apasionantes obras de arte entre otras muchas que no lo serán, pero que son igualmente necesarias. Creo que aún no ha sucedido, pero démosle un tiempo. Recordemos que el arte no muere. Está fundido con la naturaleza humana. Recordemos que como ella, el arte cambia, muta, se transforma y aún así (o quizás por ello) sobrevive.
Belén Jurado Merelo.
Este blog contiene algunos artículos de opinión redactados en marzo de 2011 por alumnos del Master en Cinematografía de la Universidad de Córdoba (España). Es un sencillo ejercicio escolar pero sin duda en el intenso debate social sobre el conflicto entre la protección de los derechos de autor y la libertad en la red, estos escritos contienen opiniones y razones que deberían ser tenidos en cuenta. Al menos tanto como otras opiniones publicadas y sin duda con menos calidad y fundamento.
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